"La belleza es aún más difícil de explicar que la felicidad."
-Simone de Beauvoir
La belleza es universal y toda mujer es bella, para uno u otro hombre, por mucho que actualmente digan las modas. Sé que la mujer feminista me dará la razón, pero que la realista criticará mi opinión oportunista y romántica, haciendo alusión de mis gustos y preferencias. Está bien, lo admito: no me gustan las mujeres con más peso de lo normal, tampoco las muy delgadas o las muy altas, y soy bastante exigente para las caras. Amo los ojos de mirada profunda, sean azules, verdes o marrones. El pelo castaño es increíblemente más bonito que el rubio o que el puro negro. Y es que yo prefiero a las mujeres consideradas como normales dentro del canon actual. Sí, prefiero a las herederas de la belleza de Helena de Troya, que tanto se subestiman hoy en día.
¿Y qué? No porque yo no considere guapas a según que mujeres quiere decir que no lo sean. No existe la mujer perfecta. Existen millones de mujeres perfectas, una por cada uno de los hombres heterosexuales en el mundo, cada cual con su propia definición, con su propia concepción de la mujer perfecta. Por ello, es más que probable que todas y cada una de las mujeres sobre la faz de la Tierra sean perfectas. Y es más que seguro que existen más definiciones de mujer perfecta que mujeres en el mundo. Entonces ya no hablamos de la mujer perfecta, sino de la mujer soñada. O, como la literatura barata se empeña en llamarla, la mujer ideal.
No es que lo crea, es que sé que cada uno de nosotros, refiriéndome a los hombres, tiene una mujer soñada, por muy seguidor que sea del ideal de que todas las mujeres son bellas y que a la mujer no se la busca, sino que se la encuentra, algo con lo que no dejo de estar totalmente de acuerdo, así que no discutiremos sobre ello. Lo realmente curioso es ver la diversidad de concepciones que se dan en cada una de nuestras mujeres soñadas, ya no solo entre gente de distintas culturas y regiones, sino entre conocidos y buenos amigos, como es el caso. Altas, bajas, gordas, delgadas, rubias, morenas, castañas o rapadas al cero, de ojos azules, marrones, verdes, de varios colores o rasgados, con pecas, voluminosas o sin pechos. Todas ellas entran en las distintas concepciones físicas de mujer soñada existentes.
Ahora bien, existe otra vertiente que por muy poética o romántica que sea existe en muchos de nosotros. Además de una innegable atracción física, la mujer soñada tiene que cumplir, para muchos, unos ciertos requisitos en su personalidad, o en sus rasgos menos superficiales. Y aquí es cuando la mujer realista me quitará del todo la razón y me recordará cierto refrán acerca de dos carretas. Pero no le daré la razón, no esta vez. En mi mujer soñada la personalidad es equivalente o incluso superior al físico, e igual para muchos otros hombres que conozco y desconozco. Yo, por mi parte, sería incapaz de salir con una mujer aburrida o demasiado cargante, o con una negada a la hora de dar cariño, por mucho que cumpliera los requisitos físicos de mi mujer perfecta. De igual modo, también sería incapaz de salir con una mujer que no se cuida, ya sea porque tiene sobrepeso o porque fuma. Sí, no me he vuelto loco: una mujer que fuma pierde todo su atractivo. Sí sería capaz, sin embargo, de salir con una mujer dura y con carácter.
Cabe decir, finalmente, que muchos otros tenemos ciertas peculiaridades a la hora de concebir a nuestra mujer soñada: acentos, costumbres, según qué prácticas sexuales, etc. Yo, por ejemplo, he llegado a la conclusión de que la mujer perfecta tiene los rasgos físicos de una japonesa, la sonrisa y la simpatía de una italiana, la picardía y el carácter marcado de una francesa, la gracia de una española y el bonito acento dialectal que tanto me enamora de una argentina. Le encanta viajar, y le encantan los deportes de riesgo. Habla, además, varios idiomas, entre los que destacan el inglés, el español y el catalán como lenguas maternas. Creo que quizás debería haberle pedido la mano en matrimonio a la Torre de Babel mientras aún estaba en pie.
Etiquetas: ideología, vida